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viernes, 16 de marzo de 2012

EL FRÍO Y CRUDO INVIERNO



          Volví a mi rutina docente pasadas las fiestas de navidad, un nublado día de invierno. Llegué la tarde antes de comenzar las clases y lo primero que me impactó fue el terrible frío que hacía en la habitación. Helada de tantos días como había permanecido sin ninguna fuente de calor que la caldease. Lo primero que hice fue enchufar el pequeño brasero, pero era insuficiente para calentar todo aquello. Pegadita a él estuve lo que quedó de la tarde, abrasándome por delante y helándome por detrás. Al meterme entre las sábanas parecían húmedas y la sensación era muy desagradable. Tuve que pedir a Felisa alguna manta más porque me moría de frío. En la escuela me pasó lo mismo. Si ya antes la estufita de butano era insuficiente para calentar toda la estancia...al estar tantos días cerrada y con las terribles heladas que habían caído, no se podía parar ¿quién era capaz de sentarse quietecito a escribir en la mesa, en aquel ambiente tan destemplado?,Ni los niños ni yo podíamos,  se acercaban a mí con las manitas heladas y yo les hacía moverse con juegos para que entraran un poco en calor. Si tuviera que resaltar algo que me quedó grabado de aquel invierno, seguramente sería eso, el frío que pasé. Ni las casas ni las escuelas eran como ahora, en la mayoría de los sitios se calentaban con estufas y braseros, pero ya sabemos lo que ocurre con ello, solo calientan mientras se está al lado, luego vuelve otra vez el frío, y salir de una habitación  a otra se hacía un acto de heroísmo.
          Pese a todo comencé las clases con alegría, con la maleta cargada de ilusiones y los niños me recibieron alegres, contentos de volverme a ver para que les hiciera juegos y les contara historias. Volvieron también las risas a la hora de comer con los compañeros y las conversaciones con Felisa que cada vez iban siendo más frecuentes a medida que nos íbamos conociendo y tomando confianza.. me hablaba de su hijo el mayor, de sus problemas de adolescencia, de su hija pequeña que estaba en el colegio y no quería hacer los deberes, de su hija mediana que era la que más la ayudaba....y de su marido. Ella se refería siempre a él diciendo " mi hombre", y a mí me hacía gracia el término. "Su hombre" era taxista, el único taxista del pueblo, ocasionalmente hacía viajes a la capital para llevar a la gente al médico o  solucionar asuntos "de papeles", como se decía por allí, pero eso era sólo cuando salía el viaje, no daba para comer a toda la familia, por eso tenían también un pequeño negocio, una tiendecita parecida a una ferretería en la que se vendía de todo. Felisa se encargaba de ella, además de la casa y los hijos. El marido andaba siempre fuera, unas veces con el taxi y otras como transportista. Ella se sentía orgullosa de él cuando decía que se presentaría a las próximas elecciones municipales y que lo primero que iba a hacer si salía elegido era asfaltar las calles para que se pudiera transitar por ellas los días de lluvia.¡Falta hacía, desde luego!
          A medida que pasaban los días me fuí haciendo a estar allí, iba conociendo a la gente y entrando en conversación, aún así el sentimiento de soledad era grande y la añoranza y el recuerdo de los míos ocupaba gran parte de mi pensamiento.No desaprovechaba ninguna ocasión de salir, cuando algún compañero me decía que si íbamos por la tarde a algún sitio, o algún amigo de pueblos cercanos venía a verme... pero esto se producía en ocasiones contadas, el resto de los días me comía mi ración de soledad y aburrimiento y sola, sin embargo algo se percibía que cambiaba. Ya no me sentía tan extraña y casi sin darme cuenta me iba acomodando al lugar.
          Las cosas mejoraron más cuando una noche, a la hora de cenar en el Casino, la muchachita que me servía la mesa se acercó y me dijo:
- Los señores de la mesa del fondo la invitan a un café cuando termine la cena.
          Me quedé sorprendidísima. Miré hacía atrás y eran dos chicas y un chico, algo mayores que yo, alrededor de unos treinta años.No los conocía ni los había visto en mi vida, no obstante me acerqué a agradecerles el detalle, y ellos me invitaron a sentarme un rato. Eran la farmaceútica y su novio, con una amiga. Me habían visto muchas noches ir a cenar, sabían quién era y esa noche decidieron entablar conversación conmigo.
          La situación cambió a partir de entonces.

10 comentarios:

  1. Muy entrañable todo lo que cuentas, yo, que seguro soy más mayor que tu, recuerdo perfectamente aquellos tiempos en que nos alentábamos con braseros. También di clases en un colegio que estaba situado en un suburbio a las afueras de Madrid,y las estufas brillaban por su ausencia, nadie se quejaba, ni los niños, ni los maestros y mucho menos los padres...¡Cuanto ha cambiado todo!

    Un beso Hada...

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  2. Si que ha cambiado. Hace treinta años no teníamos ni estufas, hoy hay un ordenador cada cada niño. Si entonces nos lo dicen nos hubiera parecido de "ciencia-ficción"
    Un beso

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  3. Como te comprendo lo del frio , el cambio de las estancias, cuando salias de la calentita mesa camilla ....el frio yo que era mas intenso y prologando de lo que vivimos actualmente.... yo recuerdo las botellas de agua caliente para unos pies congelados... Me gusta como dices:
    " mi

    ración de soledad y aburrimiento, y añades,
    pero algo cambiaba..ya no me sentia tan extraña, casi sin darme cuenta me iba acomodándo al lugar "
    Precioso recuerdo...He disfrutado mucho tu encuentro con la farmacéutica su novia y amiga... Se ampliaba tus relaciones de amistades nuevas...
    Me encanta como vas haciédonos participar de tus primeras impresiones de maestra recien estrenada....es un a delica leerte debias publicar tus crónicas son verdaderamente una joya de un tiempo que pasó no hace tanto tiempo!!!! Gracias Pilar por compartir unas vivencias tan llenas de realidad vivida.
    Musutxus de colores calentitos para borrar el recuerdo de un frio que se metia hasta los huesos...sigue porfi escribiendo tus recuerdos un saludo cariñoso Begoña

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  4. Si, Begoña, no descarto la idea de recogerlo todo algún día, hilarlo bien y escribir un librito de aquello. ¡Qué barbaridad!Parecen tiempos remotos y solo han pasado treinta años. Seguiré escribiendo estos recuerdos y muchos más.
    Un beso

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  5. Que espanto!! Cuanto frío. No me gusta e frio. Me encanta tu forma de escribir tan natural y elocuente. He pasado un rato muy ameno, leynedo sobre tus recuerdos.

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  6. A mí tampoco me gusta el frío, Marilyn. Gracias por tu comentario.
    Un abrazo

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  7. estupendos y pertinentes recuerdos, Hada, y muy bien transmitidos
    saludos blogueros

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  8. Muchas gracias , José Antonio, por tu comentario. Viniendo de un gran escritor como tú es muy alagador.
    Un abrazo

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  9. Si no se tienen el acondicionamiento suficiente para no pasar frió, la labor docente suele ser muy dura, si ampliamos nuestros círculos de amistades, si compartimos los problemas los dividimos.

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  10. ¡Qué bonitos recuerdos! Aunque por aquella época la labor docente supusiese un doble esfuerzo, estoy segura que merecía la pena. Es más, me hubiese encantado haber sido maestra por aquel entonces, creo que tanto los niños como las familias y los vecinos de la zona eran muy agradecidos con la maestra y le tenían mucho respeto, algo que no siempre ocurre hoy en día.
    Actualmente, acabo de graduarme en Magisterio, por lo que no he ejercido hasta el momento, pero me gustaría que al pasar una veintena o treintena de años, tuviese tan buenos recuerdos como los tuyos.

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